

La verdad está en los detalles
¡Hola! soy Gaby
Me fijo en los detalles (continuamente)
Estoy feliz (normalmente)
Estoy vivo (temporalmente)








Me encanta intentar entender el mundo y cómo somos los humanos. Haciendo videos, escribiendo... lo que sea.


Las excepciones, mis estelas en el mar
Type
Vídeo
Data
05/05/2016
Temes
Excepciones
Existe un poema mundialmente famoso de Machado que dice:
“Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino
sino estelas en el mar.
Este poema, que he leído varias veces a mis hijos, permite extraer varias conclusiones. La que extraigo ahora ya la he comentado en este blog en otras ocasiones.
"Son tus huellas el camino y nada más"...
Quiero hablar de esto, ahora...
Cuando miras atrás, a primera vista no ves las huellas rutinarias, las del día a día, las huellas que se deben hacer pero que por ser automáticas, al mirar atrás ya habrán desaparecido, no guardarás muchos recuerdos de ellas.
Las huellas que verás, al mirar atrás, son las huellas del día en que te enamoraste, del día en que decidiste hacer algo que quizás no tenías por qué, pero querías, del día en que te esforzaste por algo y al final salió, de aquel partido que jugaste y la gente te aplaudió, de aquel cuento magnífico que te inventaste para tus hijos... y un largo etcétera...
Por lo tanto, como he dicho muchas veces en el post, las cosas maravillosas en la vida suelen suceder cuando haces una excepción, algo imprevisto, cuando te saltas lo que tocaría y haces lo que querías...
No se puede hacer cada hora del día, ni cada día, pero hay que hacerlo con cierta regularidad... debe haber excepciones en la vida.
El lunes pasado hice una. Y me hizo feliz hacerlo... de hecho, lo suficiente feliz como para que valga la pena escribir esta entrada en el Blog.
El lunes pasado venía Carles Capdevila (director del diario ARA y conferenciante sobre educación infantil, entre otras cosas). Era a las nueve de la noche. Estaba en el pueblo vecino, donde mis hijos hacen actividades extraescolares.
Quería ir, pero pensaba que era a las ocho, poco después de que mis hijos terminaran las actividades... al saber que era a las nueve, me dio pereza esperar... estaba cansado y mis hijos también... podría quedarme yo y que se quedaran los niños con mi pareja... pero al final me fui a casa... aunque tenía ganas de ir y también de que me acompañara mi hija mayor (9).
Al llegar a casa me dolió no haber ido, y me entristeció que mi hija no lo pudiera escuchar... es un conferenciante muy divertido...
Lo comenté con mi pareja y me dijo: “pues vete... entonces te arrepentirás”, y pensé: “estoy muy cansado, me duele la cabeza, mi hija se irá a dormir muy tarde... pero es verdad que me apetecería”...
Cogí a mi hija mayor y el coche, y nos fuimos corriendo a la charla. Al pueblo, a unos 5 minutos...
Llegamos tarde, pero llegamos.
El pabellón estaba lleno... nos sentamos y lo pasamos muy bien. Reímos mucho con todo lo que decía. Es un auténtico showman de la comunicación...
Mientras daba su discurso, iba reflexionando... ¡vaya, este hombre nos estaba entregando un trozo de sí, de sus pensamientos, de sus reflexiones, de su tiempo... estábamos pasando un momento genial, riendo, aprendiendo, reflexionando y, sobre todo, haciendo una excepción... convirtiendo mi lunes normal en un lunes excepcional... en un lunes que perdurará en el tiempo por encima de los demás lunes que ya se desvanecen en mi memoria...
¿Cómo puedo agradecerle? ¿Cómo puedo ofrecerle un trocito de mí, aunque sea una mísera parte de lo que nos está dando a nosotros?
Pensé que me encantaría regalarle el cuento que he escrito... es un trocito de mí, de la manera en que veo la educación...
Pero tenía un problema: estaba en el pueblo vecino, no tenía ningún cuento a mano y si esperaba a que terminara la conferencia para ir a casa, al volver ya no habría nada... y si me iba antes, me perdería un tramo de una conferencia que realmente valía la pena...
Reflexioné que había una familia cerca de donde se daba la charla y que me habían comprado el libro por Sant Jordi. Se lo dediqué a sus hijos. Es una familia que conozco y en la que confío... ¿podría “robarles” el cuento? ¿Era correcto? ¿Estaba bien? No lo sé, pero me apetecía hacerlo...
Al terminar la conferencia, le expliqué la idea a mi hija... se flipó... le pareció una idea genial pero a la vez divertida... iremos a eso de las 2/4 de la madrugada a recoger un cuento que una gente me había comprado, y que está dedicado a regalarlo a un señor que no conozco pero a quien me encantaría agradecerle...
Corrimos a buscar el libro en casa de unos vecinos, nos lo dieron y volvimos corriendo para encontrarnos con Carles Capdevila... todavía estaba firmando libros...
Se lo entregué y le expliqué que la situación era algo surrealista... que quería regalarle mi cuento en señal de agradecimiento, pero que no tenía ninguno, y que se lo había “robado” a unos vecinos... le dije que estaba dedicado, pero que la dedicatoria no era para él, sino para los vecinos que ya no lo tenían...
Se rió, me preguntó en tono de broma si tendría problemas, y yo le dije que no, que ya traería otro libro para la familia.
Pasados un par de días, entregué otro libro a la familia que “robé”, con una dedicatoria mucho mejor que la primera.
En resumen, les decía que gracias a ellos, que me habían dado el libro que se les había vendido unos días antes, pude hacer la segunda excepción de la noche, la segunda cosa imprevista... que era regalar mi cuento a una persona a quien me encantaría que lo tuviera. Por lo tanto, ese cuento que ya no tienen, tiene una historia excepcional que hará que, en conjunto, recordemos ese día... y el segundo cuento, para mí, ahora tiene un valor mucho mayor que el primer cuento que les vendí. El primer cuento provenía de una operación de compra/venta... el segundo cuento proviene de una operación excepcional...
Aunque estuve a punto de no hacerlo, ese lunes fue un lunes excepcional compartido con mi hija...
Recordaremos las risas compartidas, recordaremos las carreras para buscar el libro y la cara de incredulidad de los vecinos, recordaremos la cola que formábamos mientras esperábamos para regalárselo, recordaremos que era casi la única niña en la sala, recordaremos a la abuela que decía que quizá era muy pequeña para entender lo que se había dicho, y mi hija se extrañaba, ya que prácticamente lo había entendido todo; recordaremos la cara de sorpresa de Carles Capdevila cuando le explicamos que le regalábamos un libro “robado” y dedicado a otro... recordaremos muchísimas cosas que sucedieron en una fracción de un par de horas... y seguramente no recordaremos nada del martes o miércoles siguiente...
Y cuando mires hacia atrás, como decía Machado, solo verás las huellas que dejé, pero las que perdurarán serán las huellas de ese lunes, de días excepcionales, de días no normales...
No todos los días pueden ser excepcionales, pero al mirar atrás encuentro días excepcionales con cierta regularidad... cada mes, cada trimestre, cada año... lo que sea, pero hay que encontrarlos... es lo que llena nuestras vidas... al menos la mía.